Hay lugares en el mundo que te reconocen antes de que tú los reconozcas a ellos. Tampaksiring es uno de esos lugares.
Está en el interior de Bali, por encima de Ubud, rodeado de arrozales que parecen pintados. A lo lejos, cuando el cielo lo permite, se ve el Gunung Agung — el volcán sagrado que los balineses consideran la morada de los dioses. Vivir con esa montaña en el horizonte cambia algo por dentro. Te recuerda, cada día, que hay cosas más grandes que tú.
El pueblo está bañado por las aguas que nacen cerca del Pura Tirta Empul, uno de los templos más sagrados de Bali. Cada día, los vecinos del banjar vamos a buscar agua a la fuente de la entrada del templo — un agua especial, limpia, que bebemos y usamos en el día a día. El agua de las piscinas interiores del templo es otra cosa: esa es tirta, agua sagrada de verdad. Tirta, no air, que es simplemente agua corriente. Esa distinción lo dice todo de cómo vive Bali: no todo es igual, no todo tiene el mismo peso. Hay cosas del mundo ordinario, y hay cosas que pertenecen a los dioses.
Allí me llaman Wayan Arya. Soy una más del banjar.
El amanecer
Las mujeres son las primeras en levantarse. Antes de que haya luz, ya están barriendo — el exterior de la casa, el templo familiar, cada rincón donde la noche ha dejado hojas y flores caídas. En todas las casas balinesas hay un templo. Y el templo se cuida antes que nada.
Yo me levanto con ellas, sobre las cinco o las cinco y media. Salgo a caminar por los arrozales mientras amanece. El aire huele a tierra húmeda y a flores. El Gunung Agungse va dibujando poco a poco en el horizonte, primero como una sombra, luego como algo real e imponente.
Muchas veces me acompaña mamá. Así la llamo — se llama Ketut, como su marido el maestro artesano, como tantos en Bali. Los nombres aquí son otra historia que merece su propio capítulo.
Caminamos hasta el río Campuan. Y a la vuelta, pasamos por el mercado
El pasar
El mercado tradicional — el pasar — es uno de mis lugares favoritos del mundo. Se monta al amanecer y para cuando el sol aprieta ya está recogido. Hay que ir temprano o no hay nada.
Allí se compra la comida del día: pescado, pollo, tofu, tempeh, verduras de todos los colores. Y también las flores para las ofrendas — pétalos a granel, de todos los colores, para hacer los canang del día. Flores enteras de frangipani y cempaka para colocar en el plankiran, el pequeño altar que hay en cada estancia importante de la casa.
Yo tengo el mío en mi espacio. Está dedicado a Palospelos. Cada día que estoy allí le traigo cempaka del mercado — tiene un olor delicioso, dulce y limpio — y frangipani que cojo de casa o de casa de los vecinos. En todos los jardines del banjar hay esos árboles. Sus flores caen solas y están ahí para quien las quiera.
Voy sola al pasar, con los encargos que me hacen mamá o Febi — la mujer de Kadek, que es quien suele cocinar porque es una gran cocinera. Ya no regateo — tengo el mismo precio que las mujeres del banjar. Soy una más. Al mismo pasar vienen empresas de Ubud que organizan cursos de cocina para turistas, y he llegado a ver pagar por un mango lo que pagarías en Europa. Yo paso de largo. Soy Wayan Arya — Arya es el apellido de Ketut, que es una figura importante en el banjar: el encargado de organizar todas las ceremonias del pueblo. En este mercado, ese nombre significa algo.
El café de los dioses
Al volver del mercado, lo primero que hace mamá es llevar el café a los dioses.
Lo prepara igual que el tuyo — con su azúcar y algo dulce, un pequeño pastel — y lo coloca en cada rincón importante de la casa: el guardián del hogar, el protector de la entrada que aleja los malos espíritus, y el templo familiar. Siempre acompañado de un canang recién hecho con las flores que acabamos de traer del pasar y su incienso.
Hasta que los dioses tienen su café, ella no desayuna.
La primera vez que lo vi me quedé sin palabras. El mismo gesto de preparar un café con azúcar y un dulce, que cualquiera de nosotras hace cada mañana en su cocina, allí se convierte en un acto sagrado. No es religión de domingo. Es espiritualidad de cada día, tejida en lo más cotidiano.
En Bali, lo primero es Dios.
La cocina
En Bali no existe la costumbre de sentarse juntos a la mesa — bersama, que significa "juntos". La comida se deja preparada en la cocina y cuando está lista avisan: quien quiera, come. Cada uno a su ritmo, cada uno limpia su plato.
La base es siempre el arroz, que se mantiene caliente en la arrocera eléctrica desde primera hora. Lo acompaña lo que haya ese día — pescado, pollo, tofu, tempeh — y siempre muchas verduras, hechas de distintas formas. Una cocina casera, muy picante, honesta. Que no tiene nada que ver con lo que sirven en los warung turísticos. Esta es mucho más rica.
Febi es quien cocina casi siempre. Tiene una mano increíble — y además es una artista haciendo canang, los hace perfectos. Como yo no pago nada en casa soy la que hace la compra en el mercado, de vez en cuando traigo cosas especiales que ellos no comen a diario. Cerdo, sobre todo — les encanta. Es mi forma de agradecer.
Mis artesanos son hindúes, y como dicta la tradición, los hijos cuando se casan se quedan a vivir en la casa paterna. Las mujeres son las que se van a casa de la familia del marido. Me encanta ver a toda la familia junta — los abuelos, los hijos, los nietos. Para los niños es un regalo crecer así, rodeados de todos.
La siesta del calor
Entre las doce y las dos o tres de la tarde, la casa entra en silencio. El calor lo detiene todo. No hay nada que hacer salvo esperar a que baje.
Y cuando la vida vuelve, lo hace siempre con un café balinés.
Es increíble la cantidad de café que beben. Café natural, uno de los mejores del mundo, molido tan fino que se disuelve directamente en agua caliente y se deja reposar hasta que los posos caen al fondo. Sin máquinas. Sin cápsulas. Sin prisas. Solo el café, el agua y el tiempo. Delicioso.
Las mujeres lo preparan para los hombres — aunque en casa de Ketut todos se apañan solos. Porque la cultura balinesa, hay que decirlo, es machista en lo doméstico: el hogar es territorio femenino. Sin embargo hay una excepción curiosa: los grandes platos de ceremonia — el lawar, el saté, el babi guling — los cocinan los hombres. Y las ofrendas, siempre, las preparan las mujeres. Como si lo sagrado y lo cotidiano tuvieran géneros distintos.
Las ofrendas de la tarde
Cuando baja el calor, las mujeres se sientan a hacer canang. Siempre hay para hacer — siempre hay una ceremonia cerca que requiere ofrendas especiales. Las preparan con antelación y las guardan en la nevera para que las flores se conserven.
Al mediodía, antes de que nadie coma, mamá ya ha llevado también el arroz a los dioses. Primero el café al amanecer, luego el arroz al mediodía. Los dioses comen antes que la familia.
El calendario balinés marca cada mes cuatro días sagrados especiales: Purnama, la luna llena; Tilem, la luna nueva; y Kajeng Kliwon, que se repite cada quince días. En esos días las ofrendas cambian — ya no son solo flores e incienso, llevan también fruta y algo de comer. Y entonces ya no se llaman canang: se llaman banten.
Las mujeres son las guardianas del tiempo sagrado. Ellas barren al amanecer, llevan el café a los dioses, preparan las ofrendas, mantienen el ritmo espiritual de la casa y del banjar. Sin ellas, nada funciona.

El taller
A lo largo del día, en algún momento me paso por el taller. Allí es donde yo también trabajo — superviso la producción, reviso los acabados, y sobre todo estoy pendiente de los nuevos diseños. Soy la única de la casa que vive en los dos mundos: el de las mujeres y el de los artesanos. Y esa mezcla es, en el fondo, lo que es Palospelos. Pero el taller merece su propio capítulo.
El atardecer y la noche
En Bali siempre hay las mismas horas de luz. Amanece a las cinco y oscurece a las cinco o seis. Cuando les conté que en España en verano es de día hasta las diez de la noche, no daban crédito.
Al atardecer no hay ritual especial. Se cena ligero — tofu frito, una tortilla, lo que ha sobrado del mediodía. Y a las nueve, todo el mundo a dormir.
Esas horas entre la cena y el sueño son de charla y risas. Mamá ve un poco la tele. La vida transcurre tranquila y sencilla, en familia.
Las mujeres se ocupan de la casa, las ofrendas, de cuidar a los suyos. Pero son felices. Y el mundo cambia también aquí: las chicas de hoy estudian, trabajan, y cuando son madres pueden reincorporarse porque siempre hay alguien en casa que cuida del bebé. Bella, la única hija de Ketut que se casó este año y acaba de ser mamá, ya ha vuelto al trabajo. Febi, en cambio, eligió quedarse en casa y también es muy feliz. Cada una encuentra su camino dentro de una cultura que, en el entorno rural, sigue siendo profundamente tradicional.
Y así transcurren los días en Tampaksiring. Sencillos, en familia, con los dioses bien atendidos.
Cada vez que vuelvo a España con mis palitos más espceciales en la maleta, pienso en todo esto. En mamá barriendo antes del alba. En el café con azúcar para el guardián del hogar. En Febi haciendo canang con esas manos de artista. En el Gunung Agung al amanecer.
Cada palito de Palospelos lleva todo eso dentro. Aunque no se vea.
Capítulo 4: Un día en el taller de Ketut (próximamente)

