Siempre digo que Palospelos me encontró a mí. Y la historia de Ketut es la prueba más clara de ello.
Luis, la moto y el secreto mejor guardado de Bali
Aquel primer verano en Palamós, mientras vendía sin parar y devolvía los 6.000€ prestados, alguien me habló de Luis. Un chico que hacía la temporada de verano en Llafranc pero que el resto del año vivía en Bali y trabajaba como agente para pequeños importadores: hablaba indonesio perfectamente, conocía las tiendas de artesanía, y su trabajo consistía en revisar la producción y gestionar los envíos a cambio de una comisión sobre la factura. Exactamente lo que yo necesitaba.
Fui a verle. Me explicó cómo funcionaba. Me pareció perfecto.
Así que cuando volví a Bali —esta vez con el nombre de Palospelos ya en el bolsillo, con más ideas, con más seguridad— contacté con Luis. Volví a Grace, donde habían trabajado bien, y repetí pedido con nuevas propuestas. Pero también fui a otros sitios que Luis conocía, investigué, amplié la colección. Hice una buena producción pensando en el invierno, en la Navidad, en todos los mercados que pudiera hacer.
Me fui a España tranquila, con Luis encargado de que todo estuviese en orden. Ya tenía mis primeras bolsitas de organza naranjas con el nombre de Palospelos. Ya tenía una marca.
Y entonces, en Bali, ocurrió la magia.
La acera, la moto y el artesano
Luis fue a recoger el pedido que había hecho en Grace. No estaba listo, pero estaban esperando al artesano. Esperó fuera.
Al rato llegó una moto. Un balinés con unas bolsas enormes. Luis lo observó y decidió esperar a que saliera de la tienda. Cuando el hombre salió, Luis le preguntó: ¿El material que has traído es para una chica española? ¿Son hairsticks?
El balinés respondió que sí, que eran hairsticks, pero que no sabía exactamente para quién era. Luis sacó mi pedido —lo llevaba encima para verificar— y se lo enseñó.
—Sí —dijo el hombre—. Ese es mi trabajo. Yo soy el artesano.
Se llamaba Ketut.
En aquellos tiempos, sin internet, el secreto mejor guardado de las tiendas de artesanía de Bali eran sus artesanos. Las tiendas los explotaban, pagaban precios ridículos y se quedaban con todo el margen. El destino quiso que Luis llegara en el momento oportuno y que lo esperara en aquella acera.
Luis subió un día a casa de Ketut. Y allí descubrieron que Grace le pagaba una miseria por un trabajo extraordinario.
Yo estaba en Barcelona y no daba crédito. Solo tenía ganas de que acabase la temporada para volver a Bali. Esta vez, a casa de Ketut.
La casa humilde y el trato justo
La casa de Ketut era muy humilde entonces. Nada que ver con lo que tienen ahora.
Acordamos precios juntos —precios que a él le parecían justos por su trabajo, y que a mí me salían aun así mucho más económicos que en Grace—. Ganábamos los dos. Así es como debe funcionar.
Y así empezó nuestra relación.

Cada año, de vuelta a Ubud
Cada año viajaba a Bali. Me alojaba en Ubud para estar cerca de su casa. Y cada año, cuando llegaba, la familia se ponía muy contenta.
Con Ketut podía diseñar de verdad, dar rienda suelta a mi creatividad. Él es un gran artesano. Tiene las manos más increíbles que haya visto jamás — capaz de hacer realidad cualquier cosa que yo imaginase.
Año tras año, la relación fue creciendo. Fue haciéndose más profunda. Dejó de ser una relación comercial para convertirse en algo mucho más parecido a la familia.
El año que llevé a Irene, con 11 años, fue especialmente especial. Verla allí, en Ubud, con la familia de Ketut, fue uno de esos momentos que no se olvidan.

La pandemia, la pérdida y el salto a Bali
El negocio iba muy bien. Hacíamos muchas ferias, teníamos varios puntos de venta fijos en verano, mi hermano Raúl trabajaba conmigo. Nos iba bien de verdad.
Yo había dejado Palamós tras la muerte de mi madre para no dejar solo a mi padre, y compartíamos un piso precioso y muy espacioso en Esplugues. Tenía mis muebles de teca traídos de Bali, mi vida ordenada, el negocio creciendo.
Y entonces llegó la pandemia.
Las calles cerradas. Las ferias, paradas. Durante mucho tiempo no pude trabajar. Me comí los ahorros. Los gastos fijos eran elevados y sin ingresos la cosa se complicó mucho. Por suerte mis artesanos, que habían estado trabajando muy bien con Palospelos, tenían madera y materiales, y me ayudaron con pequeñas producciones. Fue entonces cuando empecé a usar las redes sociales en serio —sobre todo Instagram— y a vender a través de mis stories y de la página web, que era un Prestashop. Pude subsistir con la pensión de mi padre y lo poco que iba facturando.
Pero en 2021 falleció mi padre. Un golpe enorme. Y tuve que dejar el piso — 1.200€ de alquiler era imposible de asumir sola. Me deshice de mis muebles de teca, de muchísimas cosas, y después de una temporada en casa de mis hermanos —primero en Blanes, luego en Cornellà— tomé una decisión.
Me fui a Bali.
En España no tenía casa, no había ferias, no había certeza de nada. Quizás podría cambiar el negocio, abrir mercado en aquella zona —Australia, Singapur—. Quizás allí había futuro.
Ketut y su familia me acogieron sin dudarlo. Me arreglaron un espacio propio, amplio, con mi habitación y mi rincón para trabajar. Me hicieron un baño — un retrete y punto, como es allí: un gran barreño de agua que vas llenando y con el que te duchas a cazos, con agua fría. Pero era mío. Era mi sitio.
Pasé seis meses allí, dos años seguidos. Y fue en esos meses cuando de verdad sentí que en otra vida había sido balinesa.
Desde entonces, cuando viajo a Bali a fabricar, tengo mi sitio. Conozco los rituales diarios, respeto profundamente la cultura balinesa y soy una más de la comunidad. Allí me llaman Wayan.

Casi veinte años después
Han pasado casi veinte años desde aquella moto aparcada en la acera de Kuta. En casa de Ketut se siguen haciendo a mano cada uno de los palitos de Palospelos. Su familia ha crecido, su casa ha cambiado, su taller también.
Y yo sigo volviendo.
Porque Palospelos no es solo una marca de accesorios para el pelo. Es la historia de dos familias —una en Barcelona, otra en Bali— unidas por el respeto hacia los oficios ancestrales y la confianza.
¿Quieres saber cómo es un día en casa de Ketut? En el próximo artículo te llevamos allí.


