Hay cosas en la vida que no se eligen. Simplemente ocurren. Y cuando miro atrás, me doy cuenta de que no fui yo quien eligió Palospelos. Fue Palospelos quien me eligió a mí.
Madera, herramientas y mercados de artesanos
Soy hija de maestro ebanista. Crecí con el olor a madera en casa, viendo a mi padre manejar el torno con la precisión y el amor de quien ha hecho de su oficio una vocación. Desde pequeña nos llevaba a los mercados de artesanos, y allí aprendí a admirar lo que se hace con las manos, lo que tiene alma, lo que dura.
Nunca imaginé que todo aquello me llevaría hasta Bali. Pero las raíces siempre encuentran la manera de florecer.
Volver a casa
Viví en Ibiza más de diez años. Allí se gestó mi hija Irene — es made in Ibiza de verdad. Volví a Barcelona a dar a luz porque mi madre no podía quedarse mucho tiempo en la isla, y cuando nació Irene y me vi tan arropada por la familia, decidí quedarme. Después de diez años fuera, Barcelona volvió a ser mi casa.
Pero en el verano de 2004, con Irene de tres años y un trabajo horrible recién dejado en Barcelona, necesitaba luz. Y fui donde siempre: a Ibiza. Me instalé en casa de mi amiga Sandra — la misma casa en Santa Agnès de Corona donde yo había vivido mis últimos años en la isla y que le había cedido al marcharme. Trabajaba por las tardes en su estudio de tatuajes haciendo body piercing, como había hecho años atrás. Tenía todo el día libre. Era exactamente lo que necesitaba.
Un puesto en Las Dalias
Un día Sandra me habló de una amiga suya, Isabelle, que vendía palitos para el pelo en los mercados hippies de la isla —Las Dalias, Es Canar— y que buscaba a alguien para ayudarla los sábados. Pagaba bien, estaba cerca de casa. Dije que sí casi sin pensarlo.
Nunca había visto a nadie recogerse el cabello con un palito de madera. Cuando lo vi por primera vez me quedé maravillada. Isabelle me mandó a casa con uno para que practicara, porque la venta era en demostración: había que saber ponérselo. Estuve toda una mañana hasta que le cogí el truco.
Ese primer sábado en el mercado fue una locura. Éramos cuatro chicas sin parar de vender. Las mujeres se agolpaban esperando que les mostráramos cómo funcionaba. Me fui a casa con un buen pico y una sonrisa enorme.
Trabajé con Isabelle aquel verano. Nos hicimos muy buenas amigas — ella era una mujer dura, no era fácil para ella hacer amigas, y el hecho de que me eligiera a mí como su persona de confianza lo valoraba mucho. Nuestras hijas también se hicieron inseparables — la suya, nueve meses mayor que Irene. Fue un verano perfecto.
Fue también entonces cuando supe que el origen de los palitos estaba en Bali. Isabelle iba allí cada año a buscarlos, y me lo contó con la naturalidad de quien comparte sus secretos con una amiga.
Una sociedad, muchas ferias y dos visiones muy distintas
Isabelle quería crecer: salir de la isla, hacer ferias internacionales de peluquería. Creía en mis capacidades y me propuso asociarme. El trato era sencillo: ella ponía la inversión, yo ponía el trabajo. Ya iríamos ajustando. Estaba muy ilusionada.
Me quedé en Barcelona montándolo todo: el despacho, el almacén, el programa del ICEX para internacionalizar la empresa, la logística de las ferias. Cosmoprof en Bolonia, Milán, Londres, Barcelona, Madrid. Ella, desde Ibiza, se ocupaba de la inversión del material.
Teníamos un calendario para el 2005 abrumador.
En las ferias llevábamos tres o cuatro chicas a la mesa de venta directa, haciendo demostración hora tras hora — el concepto era visualmente impactante y completamente nuevo para las peluqueras que se acercaban. Agotador, pero funcionaba.
El objetivo era vender al por mayor: conseguir cuentas recurrentes con peluquerías que consolidasen el negocio. Para ello montamos un catálogo centrado en unas horquillas de metal para novias que Isabelle había encontrado en los mayoristas de la Rue du Temple en París. Se vendían muy bien. A mí no me gustaban nada — prefería los palitos de madera, siempre — pero reconozco que las mujeres se volvían locas con ellas.
Poco a poco las horquillas fueron ganando terreno. Isabelle ese año ya no viajó a Bali. Al final, en nuestra mesa había un 70% de horquillas y apenas un 30% de artesanía. Los palitos, arrinconados.
Yo lo hacía todo con ilusión, pero bajé a 59 kilos —mi peso son 70— de tanto trabajar. Y cuando cerré un trato con un distribuidor en Cosmoprof Bolonia por casi 6.000€ e Isabelle me dijo que no me pagaría la comisión porque "los distribuidores los llevaba ella"… algo se rompió por dentro. No solo como socia. Como amiga.
La salida
Me mordí la lengua. Esperé a llegar a Barcelona. Hicimos las cuentas por teléfono, cobré todo lo que me debía —menos aquella comisión robada— y le dije que lo dejaba. Que se ocupara ella de traer la mercancía desde Italia. Que no quería verla más y que quería salir de la sociedad.
Estaba agotada. Dolida. Y de repente, sin trabajo.
Palamós: el primer verano de Palospelos
Era abril. Faltaba poco para el verano. Entre los planes que teníamos en la sociedad había uno que ahora era solo mío: un puesto en el mercado de Palamós para toda la temporada.
Mi familia me dijo: ¿Y por qué no lo haces tú sola?
No sabía cómo. Pero decidí que lo iba a hacer.
Entre mis hermanos, mi mejor amiga y mis padres reuní el dinero para la licencia, la carpa y la mesa. Para el material, conseguí unos chopsticks modificados y unas horquillas artesanas de resina que una amiga traía de Tailandia. También encontré por internet unos australianos que vendían palitos sin decorar de distintas formas y medidas. Fui a los mayoristas de Barcelona a comprar pendientes de plata, perlas y abalorios. Y con la ayuda de mi padre empecé a hacer mis propios palitos para vender.

Tuve que ingeniármelas para exponerlos: bolas de ratán colocadas sobre maceteros, donde los palitos se clavaban y quedaban a la vista. Fotos colgadas de una cuerda para que la gente entendiera de qué se trataba. Nadie había visto nunca ese artículo. Y el éxito fue increíble. No daba abasto.
Al final del verano había devuelto los 6.000€ prestados y me quedaba un buen pico.
Un billete sin vuelta a Bali
Sin pensarlo dos veces, cogí un billete para Bali. Sin vuelta. Yo sabía que el origen de los palitos estaba allí — Isabelle me lo había contado mientras trabajamos juntas, antes de que la madera dejara de interesarle.
Unos mercaderes que conocía de Ibiza me hablaron de la calle Legian, en Kuta, donde estaban todas las tiendas de artesanía. Fui directa. Había cientos de tiendas, palitos pintados y tallados por todas partes. Pero yo quería algo más trabajado, más especial.
Y entonces llegué a una tienda llamada Grace.
Tenía un surtido enorme: palitos con nácar, abulón, coral, perlitas de colores. Era exactamente lo que buscaba. Lo primero que pregunté fue si podían hacer modificaciones, personalizarlos. Me dijeron que sí.
Así empezó todo. Hice una colección amplia, diseñé los primeros expositores, busqué bolsitas. Y desde el minuto uno me sentí en casa. Tenía la extraña sensación de conocer un lugar donde nunca había estado.
Volví a España con la certeza de que aquello era mi proyecto. Mi camino. Y con algo pendiente: darle un nombre.

"Ja ho tinc"
Quería una marca de verdad. Un nombre, un packaging, una identidad. El proyecto ya llevaba más de un año funcionando y lo merecía.
Durante una cena con Mercè —mi mejor amiga, como una hermana— estuvimos dándole vueltas sin encontrar nada que encajase del todo. Pero Mercè es muy catalana, y las catalanas no se rinden fácilmente.
Al llegar a casa me llamó.
"Ja ho tinc", me dijo. "Palspels." Palos y pelos, en catalán, directo y sin rodeos.
Se me encendió la bombilla.
—Palspels no, Mercè. Pero Palospelos… acabas de dar en el clavo.
Nunca le estaré lo suficientemente agradecida. No se me ocurre un nombre mejor.
Pero la historia no termina aquí. Porque detrás de cada palito hay una familia en Bali que lleva casi 20 años haciéndolos a mano. Y esa es otra historia que merece ser contada.

